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Sueños eternos

Un paseo por el cementerio Père-Lachaise de París. Un espacio para dormir la muerte y hacer que nos sintamos aún más vivos cuando nos visitan. Detalles que con el tiempo permanecen inmortales como sus vidas​
Père —Lachaise
:
DISTRITO ETERNO
El cementerio en el que la vida se pasea entre panteones.
El cementerio del Père —Lachaise, la existencia detenida, es el tema de la exposición del premiado fotógrafo segorbino José Vicente Llop. Hay, a través de la cámara, una reflexión sobre el intento del ser humano de permanecer, o al menos, de perpetuarse un poco más a través de la piedra, del hierro, para mostrar, al final, que incluso esos materiales, más
resistentes que la carne y el hueso, acaban por sucumbir también al tiempo. El desgaste es implacable, se puede aplazar más o menos, pero no conjurar. Aunque los minutos, las horas, los días y los años, en los relojes cobren la forma de la arena, del agua, de las saetas, nos los anuncie un cuco, veamos cómo se balancean en un péndulo, etc. etc. etc. como se dice desde siempre: su paso es inexorable.
 
Podríamos decir que la muerte es un clásico. El diseño arquitectónico de este lugar respondió, en cambio, al gusto neoclásico, es decir, al de un estilo renovado, revisitado, como si con ello se quisiera transmitir que así sucede: que la muerte es siempre un clásico que regresa, incesante, una y otra vez.
 
El cementerio del Père Lachaise es además un parque y uno de los reclamos turísticos de Francia. Bautizado así en homenaje a un sacerdote que escuchaba millones de palabras y por tanto sabía todas las historias, y lo más importante, que todas acaban igual, como si su transcurso se resumiera en una frase: de victoria en victoria hasta la derrota final, una  sentencia que como la muerte, también dicen que es de muchos.
 
Cuando se inauguró este lugar, no estaba demasiado bien visto ser enterrado a las afueras de
París, pero pronto se resolvió esta cuestión de la escasa afluencia y además de una forma, que también, suele ser bastante habitual: primero llevaron a algunos famosos como La Fontaine, (Jean, el de las fábulas), el gran Molière y otros, y a partir de entonces, muchos ya quisieron tener a aquellos por vecinos aunque lo fueran post mortem. Ahora las nociones de centro y periferia ya han caído en desuso, sobre todo en lo que se refiere a la cartografía del cielo. Disponer de una parcela allí, por oposición al otro barrio, al infierno, ya es suficiente.
 
Lo dicho: mientras tanto, disfrutemos, entre otras cosas, del arte desplegado en estas
imágenes que no hablan de la muerte sino de su opuesto exacto: la vida.
 
Rosario Raro
Segorbe, 16 de marzo de 2016

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